| Escapada a Tandil |
| Martes, 10 de Agosto de 2010 14:05 |
![]() La aerosilla, la cabalgata por las sierras, comer cada día en un restaurant diferente, elegir la clásica picadita tandilense una y otra vez, y hasta el hotel-posada, en especial a la vuelta de esos días cansadores en que el broche de oro fue tirarse en la cama con los grandes a ver televisión. Para ellos, estar juntos en plan “programa familiar” fue el centro del viaje. Una piedra con historia Es muy fácil llegar a Tandil. Queda a sólo 380 kilómetros de Buenos Aires, al sureste de la provincia. El primer destino para mirar la ciudad desde un punto panorámico es el Cerro La Movediza, desde donde sin duda se regresa con la clásica foto de la famosa piedra que da nombre al cerro. Ya de vuelta en la ciudad, una visita al mercado artesanal pegado al Lago del Fuerte atrae sin mucho esfuerzo a cuanta mujer pase. No importa qué vendan, siempre hay un recuerdo que traer. Decididos a no perder el tiempo, los chicos buscan una alternativa: la Plaza de Juegos. Contigua al mercado, ofrece opciones que son todo un desafío a la edad y a la gravedad. Tubos plásticos de todos los colores, con recorridos que pegan curvas y contracurvas hacen las veces de toboganes con pendientes importantes, además de pelotero gigante. Sin duda, la plaza conforma un imán para los chicos. Como si no existiera en Tandil otra cosa que esos juegos, querrán volver cada vez que la excursión del día lleve a atravesar la zona del lago. A lo largo del circuito aeróbico que rodea el Lago del Fuerte, una zona de aparatos para precalentar y hacer gimnasia convoca a toda hora a los tandilenses más deportistas y también a los turistas que, como una curiosidad más de la ciudad, pasan un rato en cada una de las máquinas. Están en perfecto estado y pueden usarse libremente. El Lago del Fuerte se completa con un geiser artificial y con un impresionante dique, donde, temprano en la mañana o en las horas de la tarde, se ve gente pescando. Aerosilla, cabalgata y golf Como en la zona de Tandil las sierras y las piedras buscan protagonismo constante, visitar el Cerro Centinela es programa de todo un día. Esta vez, la piedra que le da el nombre al lugar sí sigue aún de pie custodiando el valle y llama a acompañarla a mirar semejante paisaje. El emprendimiento armado a su alrededor incluye cabalgatas, tirolesa y rappel, aunque haya que esperar pacientemente el turno. También se han instalado algunos restaurantes y una confitería, justo en el extremo adonde llega una aerosilla de 48 asientos dobles que recorre el valle en unos diez minutos. Arranca sobre la copa de los pinos y luego asciende a varios metros de altura; los suficientes para sentir un poco de vértigo. En el Centinela ofrecen también la opción de hacer con un guía el llamado “Circuito del Aventurero”, juegos de destreza en el bosque que incluyen desafíos para todas las edades y que lleva unas dos horas y media, según la cantidad de gente que se anote. En la ruta que va a la famosa Posada de los Pájaros –que, por el momento, está cerrada–, El Penacho tiene unos cincuenta caballos en alquiler. Para hacer una cabalgata por las sierras de Tandil no se necesita ser un jinete experimentado, ya que se va mucho al paso y en pendiente, y los caballos siguen el ritmo del guía. Ezequiel, uno de ellos, es un personaje muy gracioso: tras su tradicional boina, bombachas de campo y alpargatas, comparte chistes, cuentos de campo y jineteadas, mientras le envía mensajitos de texto a su novia con su celular nuevo. Todo un gaucho moderno. El paseo va por los campos aledaños a la Reserva Natural Sierra del Tigre, y desde allí arriba se goza de una vista espectacular. Próxima y última parada antes de emprender el regreso a casa: unos tiros de golf en el driving de una de las canchas de Tandil emplazadas en un entorno único. Un excelente remate para unos días de descanso familiar. Vida monástica En el pueblo de Pablo Acosta, cerca de la ciudad de Azul, se ubica el Monasterio Trapense “Nuestra Señora de los Ángeles”. Allí, un grupo de monjes lleva una existencia austera y dedicada a Dios, en una separación física del mundo. El clima de silencio y recogimiento lo invade todo y, aunque reciben huéspedes deseosos de compartir un poco su estilo de vida, gran parte de la institución tiene el acceso vedado a los visitantes. Su día está regido por los horarios de oración, trabajo y descanso. Llegar a la hora del almuerzo, antes del descanso y del rezo de la nona (una de las oraciones de la Liturgia de las Horas), implica no ver ni un alma. Después de las dos de la tarde, desde el claustro, los monjes entran de a uno a la iglesia. Visten túnicas blancas y son de andar tranquilo. Comienza la oración y el canto que todos siguen atentamente. Vale la pena la experiencia. Más info : Tandil |
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