Hipermaternidad: Lo mejor es enemigo de lo bueno
Lunes, 06 de Septiembre de 2010 17:37
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El exceso de culpabilidad del que padecen la mayoría de las mamás – sea porque trabajan y no tienen tiempo suficiente para sus hijos o porque no trabajan  y consideran que deben descollar como mamás haciendo posible que sus hijos se destaquen en todo – están dando lugar a que a menudo hagan grandes esfuerzos y pongan todas sus energías en el propósito de ser unas madres perfectas. Esto se ha traducido en una especie de “hiper-maternidad”, en virtud del la cual hoy muchas hacen hasta lo imposible por lograr que sus niños sean excelentes estudiantes, vayan al mejor colegio, hablen por lo menos tres idiomas, participen en una variedad de deportes, tengan una nutrida vida social, y no se pierdan ninguna oportunidad o actividad que los ayude en su trayectoria hacia el “éxito”.  Con este fin en mente, viven en los colegios exigiendo que sus hijos queden en los grupos con los mejores profesores y en los equipos deportivos con los entrenadores más destacados para que no se vayan a “quedar atrás”.

 

Lo grave es que tantas ambiciones y exigencias de parte nuestra (y a menudo también de los papás), nos mantienen exhaustas y estresadas por lo que nos volvemos muy intolerantes, estamos más atentas a las fallas que a los aciertos de los niños y vivimos  presionándolos para que hagan todo rápido, ya que administrar su agenda exige una eficiencia descomunal de parte nuestra y una rapidez inusual de parte de ellos.  Y lo peor es que este es el método más seguro para acabar con el entusiasmo y el deseo de superación de una criatura en desarrollo.

 

Todo esto no sólo no beneficia a los niños sino que tampoco a nosotras.  Como las demandas de todos los miembros de la familia y las incontables obligaciones que nos imponemos son superiores a lo que cualquiera puede lidiar, nos sentimos víctimas de la desconsideración de los hijos y del esposo, sin que necesariamente lo sean, y la maternidad se convierte en un deber tormentoso.

 

Lo que nos  falta en estas situaciones no son buenas intenciones sino sentido común – el menos común de los sentidos – que hemos perdido arrolladas por la vorágine en que estamos viviendo, y en la que no tenemos tiempo para reflexionar sino sólo para correr a todo dar.  Debemos evitar a toda costa que nuestras desmedidas ambiciones nos lleven a perder el gozo inherente a la crianza y la sensibilidad, la ternura y la alegría que caracteriza a la maternidad, y que son el más valioso de nuestros aportes a la felicidad y prosperidad de nuestros hijos.

Por Ángela Marulanda, Autora y Educadora Familiar

www.angelamarulanda.com

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Aula padres

 

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